La imaginación no necesita sherpa

Durante gran parte de mi adolescencia escribí casi a diario. En su mayoría se trataba de relatos en los que el adulto en el que pensaba que acabaría convirtiéndome estaba a merced de las pesadillas y fantasmas del niño que todavía era (¿soy?). Relatos fantásticos sobre el rechazo, el desamor y los complejos propios de ser nerd cuando aún no estaba de moda.

Tras el instituto llegué a la Universidad y espoleado por la creencia de que escribía bien, continué ya no sólo en la ficción sino coqueteando con géneros periodísticos. Seguía contando con la gracia de una imaginación que, a pesar de lo que pudiera parecer, nunca fue libre, y más de una vez me he encontrado escribiendo un relato a medida de las filias de la persona de turno de la que buscara aprobación, amistad o amor. De ser relatos sensibleros típicos de la edad a ser disparates sin sentido esclavos de mis vicios y fobias. Lo curioso es que lograba el objetivo: cuanto más incomprensible incluso para mi era un texto, más gente me felicitaba. Me imagino que pensarían “joder, es tan complicado que tiene que ser bueno aunque yo no lo entienda”

Y pasó lo inevitable. Años después desde el ultimo relato del que pueda sentirme orgulloso, me pregunto como pude ser tan ingenuo. Impuse tantos filtros y condicionantes a cada texto que juntar más de 3 frases era ya de por sí un reto casi imposible. Hoy sé que la imaginación no debe someterse a un objetivo; debe fluir y nosotros seguirla, nunca guiarla. Sin embargo, me temo que es una lección aprendida demasiado tarde y que cansada de la falsa libertad, la imaginación decidió buscarse otros aspirantes a blogueros más agradecidos y con mas modales.

Aún así, querida imaginación, si estás leyendo esto: he cambiado, lo juro. Te necesito como el respirar y te sigo queriendo por ser la única razón por la que tantas veces salí de mis pozos.

Vuelve.

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