Los acordes de Pandora

Alex llevaba tres horas tratando de poner orden al caos tras una semana dejando la ropa tirada de cualquier forma. La conciencia le había dicho que colgar las camisas y doblar los pantalones no era suficiente y en un extraño e inusual instinto de responsabilidad y de orden, se propuso ordenar cada mueble de su habitación, con la curiosidad de que podría encontrarse.

La sorpresa llegó antes de lo que esperaba, al encontrar su antiguo MP3. Tras dos intentos fallidos por encenderlo, buscó un cargador adecuado para poder descubrir que música guardaría el aparato que le habia acompañado durante años. Tras dos minutos en los que recordó como funcionaba fue capaz de acceder al contenido, para darse de bruces con mayores diferencias musicales de las que habría imaginado. Ni rastro del rock indie en una lista monopolizada por Kanye West y Kid Cudi. Todavía quedaban sedimentos de una etapa todavía inferior en la que solamente escuchaba las canciones de Marshall Mathers II.

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Decidió continuar su tarea al ritmo de unas canciones que le llevaron años atrás. Una le recordaba noches de fiesta que terminaban con mareos en el autobús, otra a tardes enteras en las que se aprendió y analizó letras de canciones en inglés y otras a las épocas de exámenes en las que todavía se estresaba. Pero de pronto llegó la que tuvo un efecto demoledor.

Le transportó inmediatamente a sentimientos pasados, resucitándolos  momentáneamente con la misma intensidad que aquellos días en los que se refugió en sus acordes para evadirse de la dura realidad. Y era una sensación extraña, pues volvía el sentimiento pero la persona quedaba enterrada. Un sentimiento fuerte hacia nadie. De naturaleza sentimental, era algo que ya había experimentado muchas veces a lo largo de su vida, pero por primera vez experimentó la extraña sensación de sentirse inundado de sentimientos y no saber ponerles rostro.

Pensó que tal vez la canción no había resucitado nada, sino que había removido los ya existentes en pleno 2014 y que tal vez le habían recordado que no siempre sintió de la misma manera. Que hubo un tiempo en que aún le quedaba alma que dejarse por quien le prometiera besos por las noches y oídos por las mañanas. Que hubo un tiempo en los que creyó que querer sin cadenas era posible en el siglo XXI.

Aquella tarde, Alex recogió su habitación pero desordenó sus pensamientos.

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