Ocho bastardos y cien cabelleras | LA ENCUADRE

En un tema tan recurrido en el cine como la Segunda Guerra Mundial, resulta muy complicado hacer una película que siga atrayendo a la gente a los cines sin generar la sensación de que va a ver lo mismo que en otras películas del género bélico. Sin embargo, con Inglorious Basterds (2008), Quentin Tarantino utilizó el pretexto de la invasión alemana en Francia para jugar con la historia.

Once upon a time, in nazi occupied France…

Inglorious Basterds se posiciona en el bando americano por lo que no resulta muy complicado identificar buenos y malos. El título del primer capítulo es “Érase una vez, en una Francia ocupada por los nazis…” y nos sitúa en una granja en la que tendrá lugar la única muestra de crueldad por parte del bando nazi durante la película. El coronel de las SS Hans Landa interroga a un granjero francés hasta lograr que confiese que oculta a judíos bajo el suelo. Tras la confesión, un grupo de soldados dispara contra el escondite de la familia Dreyfus, dejando una única superviviente, Shoshanna.

Hans Landa es el personaje que personifica durante la película al bando nazi y a pesar de ello obliga muchas veces al espectador a recordarse que Landa es de los malos. Durante  el interrogatorio a Perrier Lapadite, el granjero que ocultaba a los Dreyfus, Landa presume de haber sido apodado como el “Cazajudíos”. Sin embargo a mitad de película, cuando Landa se reencuentra con Shoshanna, se da a entender que la ha reconocido ¿Por qué decide dejarla con vida? Landa presume ante Lapadite de su capacidad para averiguar donde se ocultan los judíos y muestra de ello es la habilidad con la que logra la confesión del granjero. Sin embargo, cuando se reencuentra con Shoshanna lo hace por azar, sin un reto que ponga a prueba sus capacidades intelectuales. Por tanto, no existe ninguna fuente de satisfacción para Landa en matar a Shoshanna ya que no ha supuesto ninguna dificultad dar con ella.

El bando aliado está representado por un grupo de soldados americanos judíos que colaboran con la resistencia francesa. Este grupo persigue un único objetivo: matar nazis. Sus métodos infundirán el miedo entre el ejército alemán, que comenzará a denominar al grupo como “los bastardos”.

El encargado de dirigir a este equipo es el teniente Aldo Raine “el Apache“, quien exige a cada uno de sus soldados una deuda: deberán entregarle cien cabelleras nazis. El propio Raine graba con un machete una esvástica en la frente de los pocos supervivientes que deja a su paso para garantizarse que en el caso de que trataran de renunciar a su pasado nazi, su cicatriz lo impidiera.

Uno de los “bastardos” es Donny Donowitz, “el Oso Judío“. Antes de embarcarse en la misión, Donowitz recorrió su vecindario de Boston preguntando a sus vecinos si tenían seres queridos en Europa por los que temieran. Aquellos vecinos que quisieran, podían escribir en un bate de beisbol el nombre de los parientes que corrieran peligro en Europa bajo la promesa de que Donowitz usaría ese mismo bate para vengarlos. Y vaya si lo hace. Ante la negativa de Sargento Werner Ratchman a ofrecer información de utilidad a los bastardos, Donowitz golpea con su bate repetidamente el cráneo del sargento hasta matarlo. Otro “bastardo” del que más información conocemos es Hugo Stiglitz, un alemán que asesinó a 13 altos cargos de la Gestapo siendo soldado raso. Antes de ser ejecutado de forma ejemplar en Berlín es reclutado por el equipo de Aldo Raine.

Cuesta llamar a los “bastardos” héroes, teniendo en cuenta que sus métodos  incluyen el asesinato, la tortura y la mutilación. No menos injusto es calificar a Hans Landa como un villano ya que en el universo que recrea Tarantino, pesa más la inteligencia que la crueldad del coronel nazi. Mientras los bastardos avanzan por Francia causando el terror entre el ejército alemán, Landa va jugando sus cartas para salir victorioso de una guerra que él intuye por perdida para el bando nazi.

Héroes sin honor y villanos sin crueldad, todo ello obra de Quentin Tarantino,  un genio con talento inagotable.

Artículo publicado en “La Encuadre” el día 3 de marzo de 2014

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