Alguien en una terraza gritando ¡Te amo!

No le gustaban los tranquilizantes. En conjunto con el alcohol le hacían sentirse más mareado y débil aún. Significaba enfrentar los conocimientos académicos del psiquiatra y la experiencia del camarero. Y en materia de corazón le había funcionado mejor el alcohol. Cerró de golpe el armario del baño, dejando a oscuras la solución que los profesionales habían determinado para su profunda depresión.

El espejo le devolvió a la cruel realidad. Las secuelas de meses sin control sobre las riendas de su vida habían profundizados sus habituales ojeras y afilado la descuidada barba. Caminó sin levantar los pies del suelo hasta la cocina, donde se sentó abatido. Sacó su móvil del bolsillo con la esperanza de que albergara buenas noticias pero se encontró con una fría calma, que insinuaba que un día más, nadie había reparado en su existencia. El frigorífico también albergaba malas noticias: no quedaban cervezas. ¿Cómo era posible si había comprado ayer? Porque ¿Fue ayer, no? ¿Hace dos días tal vez? ¿Cuánto llevaba sin salir de casa? Nadie más que él habría podido responder a esas preguntas y el estado de su memoria no facilitaba las cosas.

De nuevo cogió el móvil y fue hacia la terraza, su única toma de contacto real con el aire fresco. Las vistas de la gris ciudad no le salvaban del pozo emocional pero le ayudaban a disuadirse de los problemas en momentos de delicada armonía con el mundo exterior que tanto odiaba. Tras varios minutos, decidió retomar el móvil para navegar por las redes sociales. Los estados de la gente se le antojaban superficiales, los vídeos compartidos estúpidos y las fotos cargadas de una falsa felicidad… excepto una. Había visto aquella sonrisa demasiadas veces en su vida como para no reconocer la felicidad que albergaba. Una hiriente y dolorosa felicidad que le atravesó el corazón y extendió el frío por todo su cuerpo. Porque al lado de esa sonrisa había otra desconocida en la que brillaba la luz de Paula al igual que un día brilló en él.

Las ideas desterradas a los rincones más oscuros aprovecharon el desequilibrio puntual para imponerse, pues en esta ocasión el caos en la mente de Rubén era mayor, mucho mayor que en ocasiones anteriores. Sin darse cuenta, se encontraba y los recuerdos fugaces de una vida se concentraron en los meses en que el recordaba como los más felices de su vida. “Al final voy a ser un romántico hasta el último momento” pensó Rubén.

El viento movía el albornoz  cuando, antes de saltar, gritó “Te amo”.  Su reloj de pulsera marcaba las 22:11 horas de la noche cuando se hizo trizas contra el suelo.

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